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02/12/2013

AGRESIVIDAD Y VIOLENCIA EN NIÑOS Y ADOLESCENTES_ 2ª PARTE

 

4.- GESTIONAR LA VIOLENCIA INFANTIL; DEJAD A LOS NIÑOS JUGAR Y GOLPEAR

El juego es, por excelencia, la actividad de la infancia. Desde la antigüedad, los hombres saben que es una necesidad, y un filósofo muy famoso, Aristóteles, pensaba que se debía estimular a los niños a que jugaran a aquello que tendrían que hacer en serio en la edad adulta...que es lo que hacen los niños/as cuando juegan a las profesiones, por ejemplo, o a papás y mamás; más tarde, otro autor señalaba la importancia del juego en la enseñanza, como elemento que debía desarrollar las capacidades y conocimientos del niño, un punto de vista que sigue predominando en la actualidad.
Otros estudiosos de la infancia sugerían que el juego era lo contrario del trabajo, cuando para el niño el juego es una actividad muy seria. Basta con verlos salir al patio de recreo después de haber pasado dos horas en clase: corren, gritan, se agitan de todas las maneras posibles...Un niño muy fatigado está muy excitado también: si le proponemos que vaya a acostarse, prefiere proseguir con sus juegos. Cuanto más grande es su fatiga, más da la impresión de una energía enorme. Son muchos los padres que acuestan muy tarde a sus hijos, pretendiendo que están "en plena forma" y que no podrán dormir; pero si los pusieran en la cama, se dormirían inmediatamente. Un niño fatigado por una actividad estática, que lo ha mantenido durante una parte del día encerrado en casa, se recupera si los padres lo llevan a dar un paseo por el bosque, lo hacen jugar un rato a la pelota, correr, etc. 
El juego reequilibra la mente del niño, cuando ésta se ha visto perjudicada. En el ser humano, el dolor y la falta de placer rompen nuestro equilibrio interno. Los conflictos y las tensiones se resuelven gracias a las fantasías y a la vida imaginaria que el niño proyecta en los juegos: así consigue dominar los hechos que le perturban, ganando sobre ellos. Su necesidad de agresividad y de violencia será por tanto mucho menor.
Cuando castiga y golpea a sus muñecos, el niño se venga de todas las frustraciones que le ha tocado sufrir. La agresividad que descarga sobre sus juguetes será siempre la que no vuelva contra nosotros, contra sus hermanos y hermanas o sus compañeros de la escuela. Esa agresión puede estar indicando un "desahogo" de las tensiones que se generan en la vida escolar.
El niño es el propietario de sus juguetes. Por más hermosos que sean, por más caros que os hayan costado, le pertenecen, son propiedad suya. Son muchos los padres que piensan que jamás se debe romper un juguete. Es verdad que romper demasiado puede ser negativo sobre la mente del niño, pero la vocación de un juguete, como la de la vajilla, es la de servir, la de ser útil: que un niño intente desarmar el bonito coche que le ha regalado alguien es algo excelente; indica que es curioso, quiere saber cómo está hecho el coche; manifiesta así su inteligencia. Si juzgáis y castigáis al niño por ello sin dejarle la posibilidad de expresar por qué lo hizo, porque tenía necesidad de liberar tensiones durante demasiado tiempo contenidas, entonces le dais permiso a su angustia; en vez de descargarse sobre un juguete, su agresividad se manifestará hacia otro objeto y otra manera de expresarse, que puede ser más peligrosa para los demás.
Cuando se trata de manifestar esa agresividad es importante tener en cuenta de qué juguete se trata; los llamados "perfectos", elaborados, que son el orgullo de los padres y de los comerciantes: de esa hermosa muñeca que habla, anda, se ríe, llora... de la casa ideal, de los coches superperfeccionados que, ellos solos, recorren a toda velocidad la casa...en una palabra, ¡del juguete aburrido! El que no ofrece al niño el placer de la imaginación; está demasiado "pensado"; ya no hay nada más que hacer con él, sólo mirarlo, estar orgulloso de él durante algunos momentos, exhibirlo delante de los compañeros, y después guardarlo en el fondo del armario...o romperlo. Finalmente, el niño reencuentra el placer de lo imaginario. Con el bonito coche, él "es" mecánico; con la muñeca maravillosa, la niña "es" cirujana. El realismo excede a los niños: esa casa de muñecas demasiado ordenada le recuerda en la niña su propia casa, la obligación que tiene de arreglar su dormitorio y de mantenerlo limpio; esos bebés perfectos, rosaditos y blandos como niños de pecho, le hacen pensar en el hermanito de quien está celosa. Su agresividad se ve nuevamente estimulada y el que paga el pato es el bebé de juguete. Pues, precisamente en este caso, esto es excelente, y es importante no juzgarlos por mostrar esa agresividad en los juguetes.
Por el contrario, el niño se muestra menos agresivo hacia los juegos que dejan paso a la creación y a lo imaginario, los que mueven esas posibilidades creativas, su inteligencia, su astucia. Los conocidos juegos de ladrillitos para construcción tienen su éxito por las grandes posibilidades que le ofrecen al niño: con estos juegos pueden "hacerlo" todo y "serlo" todo, además porque el manejarlos resulta muy fácil; favorece la exploración de lo imaginario porque tiene también la ventaja de que con él se puede tanto construir como también destruir si lo encuentra necesario; el hecho de verlo bien construido le puede proporcionar un gran placer, pero no olvidemos que el destruir la obra bien hecha también es muy positivo, y les da de nuevo un enorme placer, lo que para ellos significa ser los "dueños" de su creación, libres de hacer y deshacer.
 
El "hacer como si":
 
Cuando el niño crece y llega a una cierta edad, en que ya está mejor adaptado a la sociedad y no tiene necesidad de sustitutos, por lo que aceptan mejor la disciplina colectiva y también integran los códigos de esta sociedad.
El "hacer como si" permite que los muy pequeños exploren el mundo y se adapten a él. Los padres deben, pues, permitir que el niño se exprese y no contrariar sus juegos, sino más bien tratar de entender su sentido.
 Un ejemplo os servirá de ayuda: un niño de dos años y medio, enseña a sus padres un cochecito en miniatura y les explica en su lenguaje que él está dentro del coche, con su osito de peluche, y que se lo llevará con él de paseo...El niño sabe que con su tamaño es imposible que él esté dentro del coche; no es necesario que se lo digáis, pues correríais el riesgo de ofenderlo si lo consideraseis tan estúpido, según él lo podría interpretar. Y la agresividad está al acecho. Tened en cuenta lo que el niño os comunica y proponedle, por ejemplo, subir también vosotros en el cochecito que él conducirá con tanto orgullo. Pensad que así le reconocéis un poder que se equipara al del padre, aunque sea una ficción. Cuando admitís la posibilidad de que el niño pueda hacerlo, lo importante es que estáis reconociendo su voluntad y, al mismo tiempo, su persona, en cuanto poderío potencial.
Mediante esta ilusión el niño estructura su pensamiento, su voluntad, sus objetivos futuros: "Cuando sea grande...". ¿Quién ha dicho que los niños no tienen noción del tiempo? Aunque no puedan expresarlo con palabras ni empleen correctamente los tiempos verbales, a los dos años y medio tienen ya un sentido del pasado, del presente y del futuro inmediato. Se confunde, y con demasiada frecuencia, la comprensión y la inteligencia con la utilización adecuada de la palabra. El hecho de que yo no sea capaz de formar un futuro en alemán no significa que, si me expreso en esta lengua, no tenga noción del futuro. El niño tiene otros medios para expresarlo, pero es necesario que el adulto tenga paciencia y ciertas aptitudes para la observación si quiere comprenderlo.
Cuando juega a "hacer como si" el niño no se limita a imitar al adulto; se proyecta hacia el porvenir.
De esta forma también engloba sus experiencias emocionales, las asume, las explora y se familiariza con ellas. El "hacer como si" les permite "asumir", elaborar, las angustias: la de la muerte (ruedan por tierra después de haber sido atravesados por una espada o un pistoletazo), la de la pérdida de un ser querido ("Tú eres la mamá y estás muerta", por ejemplo), la de la soledad y el abandono ("El papá y la mamá nos han dejado solos y no tenemos qué comer..."); importante como una válvula de seguridad en estos años en que todavía no tienen un lenguaje lo bastante refinado como para analizar y expresar lo que sucede en él mismo y también a su alrededor.
 
¿Y los juguetes bélicos SI o NO ?
 
¿Se les pueden dar sin temor a los niños? O, por el contrario, ¿es mejor suprimirlos del cajón de los juguetes? Todo depende del niño y de su comportamiento. ¿Es agresivo y especialmente violento? ¿Tímido y tierno? ¿Imita con demasiada seriedad a los mayores o lo que puede ver en la televisión?
Prohibírselos de forma autoritaria no tiene por qué ser la mejor solución. 
 No se trata de estar a favor o en contra, sino de evaluar la personalidad del niño y su comportamiento. El uso de juegos y juguetes bélicos puede resultar una manera de desahogo excelente, una canalización perfecta de las tendencias agresivas y violentas, por lo que en niños con esta tendencia agresiva sería una gran idea.
 
5.- LA ACTITUD DE LOS PADRES
 
 Así como no puede ser prohibido el juego bélico, debe servir para que el niño descubra que la "verdadera" guerra y las verdaderas heridas hacen sufrir profundamente. Y que lo mismo les sucede a todos los demás individuos.
Algunos estudios han podido manifestar los vínculos entre la actitud educativa de los padres y los comportamientos agresivos de los hijos: los padres tolerantes "producen" hijos socialmente expansivos (expresivos), tanto a nivel agresivo como en el amistoso; los padres autoritarios condicionan, por el contrario, hijos pacíficos y obedientes, de fantasía limitada. Parece que los niños a quienes con frecuencia se castiga en su casa son menos agresivos que los otros con sus compañeros, y que, por el contrario, se muestran muy agresivos con sus juguetes y con las muñecas.
La falta de uno de los padres, de quien el niño pueda tomar el modelo, influye sobre el juego; el niño cuyo padre está ausente, y que vive únicamente con la madre, será menos agresivo.
No menos importante es el hecho de que la presencia de los padres mientras los niños juegan determina en éstos comportamientos agresivos que no tienen, en modo alguno, cuando están solos. Como si la competición, el hecho de querer agradar a los padres, causaran tensiones que se pueden prolongar en discusiones, golpes.
 
Hacer responsable al niño:
 
Un ser no puede sentirse realmente integrado en la sociedad donde vive si no se solidariza con ella, si no se siente responsable de ella. Cuando tiene el sentimiento de ser útil, no experimenta hostilidad hacia los demás; no tiene la necesidad de vengarse, de pelear y buscar querella.
Esta educación es lo contrario de la famosa sobreprotección, madre de la delincuencia, y se inicia desde muy temprano. Uno de sus principios consiste en no sepultar la voluntad del niño bajo un torrente de directivas y órdenes, negativas por lo general:"No hagas eso, no te mojes, no juegues con los cubiertos, no bajes la escalera,...".
Cuando el niño es muy pequeño, los padres le ayudan en su aprendizaje. ¡Pero cuidado con los excesos! El pequeño necesita poder experimentar por sí mismo. Desde muy pronto es capaz de comer solo, y si muestra deseos de hacerlo, hay que dejarlo, por más que sea necesario proteger todo lo que haya a su alrededor: ¡los primeros pasos hacia la autonomía causan muchos estragos! Así, el niño toma conciencia de lo que es capaz de hacer. Desde los 18 meses quiere imitar a los adultos y "ayudarles". Es posible que quiera poner la mesa; si lo dejas hacer sin intervenir y te mantienes en calma, sin ansiedades, todo irá bien. Él sacará solo los platos del armario y los llevará a la mesa, sin romperlos. Tú tendrás que ordenarlos. Todas las acciones del pequeño deben ser tenidas en consideración, estimulándoselas con un cumplido ("Muy bien"). Si le prohíbes esas tareas "de persona mayor", estarás bloqueando su impulso e interiorizándolo (demasiado sabe él ya que es pequeño); se sentirá ofendido, colérico y hostil, y no tardará en ir dejando, cada vez más, de sentir deseos de "hacer".
En las guarderías, las maestras encargan a los niños, y especialmente a los más agitados y a los perturbadores, multitud de pequeñas tareas domésticas. Al confiarles diversas actividades, se canaliza su exceso de energía y de agresividad. Ir a poner agua con el florero de la maestra es importantísimo; además, es un honor muy disputado. Cuando un pequeño ha hecho alguna "tontería", la repara. Si ha roto un tiesto, debe recoger los pedazos (los mayores se han de asegurar de que no se lastime).
La educación de la responsabilidad, como la educación sin más ni más, es cosa de todos los días, es algo hecho de pequeñeces. No basta con tener teorías, hay que convivir con él teniendo siempre en cuenta que es un ser de pleno derecho y que como tal hay que respetarlo.
A medida que el niño crece, aumenta la cantidad de responsabilidades que se le pueden ir confiando y que son múltiples y cotidianas: cuidar del bebé, vigilar la cocción de un plato, hacer un pequeño recado...Pero atención: integrar a un niño en la vida, confiándole algunas tareas domésticas, no significa que se le haya de considerar como un sirviente, todo lo contrario. Por lo demás, estas pequeñas actividades sociales y familiares no deben privarlo de su tiempo libre ni ser un obstáculo para su trabajo escolar.
Uno de los elementos necesarios para cultivar el sentido de las responsabilidades es acostumbrar al niño a terminar la tarea que haya emprendido. Cueste lo que cueste, debe llevarla a término. En ocasiones puede resultar difícil: entonces, sin dar demasiado la impresión de hacerlo, hay que ayudarle. Si vuestro hijo se compromete a formar parte de una orquesta o de un grupo cultural o deportivo de manifestaciones periódicas, debéis velar siempre por que lleve a término su "contrato"; si se ha comprometido con otros, debe esforzarse en cumplir aunque a medio camino sienta deseos de abandonarlo todo. Los padres debéis velar por que termine ese ciclo; si no, corre el riesgo de convertirse en uno de esos seres inestables, incapaces de proseguir un trabajo, que continuamente cambian de oficio, insatisfechos, resentidos y críticos, a quienes la sociedad les parece hostil: "La culpa es de..." dirían en un futuro (de la sociedad, por ejemplo).
 
6.- CÓMO GESTIONAR Y VENCER LA AGRESIVIDAD
 
El cuerpo necesita moverse. Ya se sabe que los pequeñitos no podrían crecer armoniosamente si se trabaran sus movimientos, si se les impidiera gatear y después mantenerse de pie, si les prohibiésemos correr, y así sucesivamente...Un niño tiene siempre gran dificultad para mantenerse quieto en su asiento. Patalea continuamente, juguetea con los lápices mientras está en clase; una inmovilidad durante algún tiempo le resulta muy difícil. Eso proviene de la inmadurez de su cerebro. Pero es posible ayudarle a controlar sus movimientos, haciéndole que se dé cuenta de su cuerpo en el espacio.
La comprensión de sus gestos, la percepción de lo que puede hacer con los brazos, con las piernas, con el cuerpo entero, ayudarán al niño a controlar el conjunto de sus impulsos; poco a poco, su energía se canaliza y se doma. Un dominio así influye inevitablemente de manera positiva sobre el comportamiento general del niño, futuro adulto. Quien haya aprendido a controlar sus gestos y tenga de ellos una percepción perfecta no puede menos que aumentar el dominio que tiene sobre sus emociones y sus impulsos; la disciplina física prolonga sus efectos sobre el psiquismo, y lo hace de manera perdurable y permanente.
El deporte es una medio maravilloso para luchar contra las tendencias agresivas y violentas. Cuando uno se siente bien consigo mismo, no tiene razón alguna para ser agresivo. Y el cuerpo participa de forma dinámica en la felicidad.
A los 6 meses, el bebé puede aprender a nadar; instintivamente descubre los reflejos de la natación y aprende a controlar la respiración. Y cuando crece, los juegos y deportes se diversifican: jugar a la pelota, columpiarse, caminar, recorrer los bosques, montar en bicicleta, correr,...
Cuando uno se siente malhumorado, nervioso y agresivo, no hay nada mejor que una buena caminata; para el niño también es bueno. Si al volver de la escuela lo encontráis tenso y nervioso, llevadlo a pasear por un parque, llevando una pelota para distraerlo...
Desde los 6 años ya se le puede dejar que empiece a participar un "verdadero" deporte. En la elección, se le dará la prioridad al que el niño prefiera.
 
Para cultivar su percepción del otro:
 
Una de las maneras de evitar los comportamientos agresivos hacia otras personas es hacer practicar al niño un deporte de equipo, que desarrollará su sentido de la disciplina consentida, del contacto humano. Con ellos agudizará su "sentimiento de la unidad humana": el balonmano, el vóleibol, el baloncesto, el fútbol, el rugby, son todos excelentes, y éste último es recomendable en especial para los varones que muestran ya una tendencia a la violencia. Con él, el niño aprenderá a controlar sus reacciones y podrá "desquitarse".
La práctica de un deporte individual es un medio excelente de completar la de un deporte de equipo: el atletismo es un deporte completo que enseña a controlar todo el cuerpo. El tenis y la esgrima exigen efectivamente cualidades de agresividad, pero para atacar y ganar hay que ser dueño de cada uno de sus movimientos y de sus actitudes. La esgrima, en particular, desarrolla la capacidad de atención, la finura del gesto y la sangre fría (interesante para la agresividad). El judo mejora el equilibrio del sistema nervioso y desarrolla los reflejos y su control. En él se aprende la "prudencia". Para los mayores, el montañismo, deporte de aguante, ofrece la posibilidad de cultivar la sangre fría y el espíritu de equipo, ya que a la agresividad sólo se recurre para vencer a la montaña...El submarinismo es una excelente escuela de disciplina, en la que hay que conocerse muy bien, evaluar las propias posibilidades, controlar la respiración y los movimientos. Y la natación (también la marcha) es una expresión natural del cuerpo, que tiene la ventaja de calmar a los más agitados. Después de la hora de piscina, los alumnos están siempre muy tranquilos...
La danza, que no se puede incluir entre los deportes propiamente dichos, es no obstante una educación del cuerpo entero. ¿Se ha visto alguna vez bailarines agresivos y violentos? La danza, especialmente la clásica, exige el trabajo de todos los músculos. Pero en ella la maestría perfecta sólo se obtiene gracias a la repetición, que desarrolla el sentido de la disciplina mediante la conciencia exacta del gesto a efectuar. La práctica de la danza exige la atención puesta en cada instante. Una clase de danza debe ser un lugar de calma, donde no se oiga más que el rumor de las zapatillas, el acompañamiento del piano y la voz del profesor. Es una escuela de la exigencia. Incluso cuando la practica como simple aficionado, el alumno debe tender siempre a mejorar su movimiento; siempre existe un "plus" hacia el cual se puede tender. Esta disciplina es favorable no sólo para el armonioso desarrollo del cuerpo y el control de los movimientos, sino también como ejercicio para la voluntad, que es útil en todos los momentos de la vida.
 
La música como terapia contra la agresividad:
 
Dicen que la música calma a las fieras. ¿Por qué no sacar partido de ello? El contacto con la música es una vivencia personal, y comunicar a otro el placer que de ella se obtiene no es cosa fácil. La música tiene un poder calmante; la música clásica, se entiende, y aún así, tampoco toda. Hay músicas que excitan, otras que "irritan", lo que no quiere decir que vuelvan agresivos a quienes las escuchan. El poder de la música proviene de que va más allá de la simple comunicación; su vocación no es, decididamente, establecer vínculos entre los hombres. La música ayuda a la percepción y a la comprensión del orden universal en su relación con uno mismo. Nos devuelve el sentimiento de nuestra integridad psíquica. Por ello sale de las salas de concierto y de los salones para encontrar una nueva vocación en los hospitales: allí no solamente se la utiliza para la reeducación de los sordos, sino también para el tratamiento de los casos difíciles de esquizofrenia y de anorexia mental. 
Se ha podido comprobar también la influencia de la música sobre el feto. Si éste ha "escuchado" durante el embarazo ciertos pasajes musicales, más adelante, una vez llegado al mundo, tendrá ante ellos una receptividad especial y le resultarán calmantes.
 
Hacerse responsable de los ruidos:
 
El ruido es lo contrario de la armonía. Un exceso de ruido es perjudicial para el equilibrio del individuo y perturba el comportamiento de los niños, que al estar más nerviosos se vuelven también más agresivos.
Pero el ruido no deja de ser un elemento inevitable de la vida. Y con el pretexto de preservar la salud y el comportamiento de los niños, no vamos a encerrarlos en una campana aislante. Es importante enseñarles a dominar los ruidos, a ser conscientes de ellos, para que así no molesten ni dañen ni a sí mismo ni a los demás.
La actitud y el comportamiento de los padres respecto a todo lo que significa el mundo sonoro es muy importante. En vuestra casa, no pongáis un disco o la radio mientras pasáis la aspiradora; la superposición continua de ruidos y sonidos diferentes vuelve "perezoso" el oído, embrutece o irrita. Lo que es necesario es cultivar la audición en el niño, su percepción de los sonidos.
 
Hacerse responsable de los ruidos requiere que se aprenda a descubrir y reconocer los diferentes ruidos de nuestro medio: hay que llegar a oírlos uno por uno. Para eso hay que llamar la atención del niño, de manera natural y no apremiante, sobre lo que se puede oír durante el transcurso del día, en la casa, durante un paseo por la calle, en los bosques, en el campo; más que los otros, los niños que viven en la ciudad necesitan aprender a distinguir los elementos que lo componen. Sólo se puede llegar a dominar aquello que se comprende bien. No se les puede pedir calma y silencio si no son conscientes del ruido y de la fatiga que éste genera.
 
La música, operación de magia, o la terapia por el sonido:
 
Los sonidos resuenan en nuestro cuerpo. El cuerpo es un instrumento viviente: la palabra y los sonidos que emite tienen repercusiones sobre todo el sistema nervioso, respiratorio, e incluso sobre el comportamiento afectivo. Seguramente, por esta razón no es lo mismo llamarse Pedro que Pablo o Carlos. El sonido de cada nombre influye sobre la persona. La sonoridad de las palabras nos provoca sensaciones y su unión actúa sobre nuestra sensibilidad. Hay palabras que nos hechizan, y hay otras que nos disgustan y nos irritan. Los poetas, que juegan con las aliteraciones, asonancias, rimas y ritmos para crear una impresión, lo saben muy bien.
Se sabe que los defectos del habla perjudican la comunicación y que comunicarse mal origina alteraciones más o menos graves del comportamiento y del carácter. Ahora bien, un entrenamiento técnico de los órganos del habla, que asegure una elocución libre y eficaz tiene repercusiones sobre la totalidad de la persona.
Esta terapia se vale del canto, que ayuda a tomar conciencia de las vibraciones que los sonidos imprimen al ser, y paralelamente se le enseña a relajarse y a educar y controlar su respiración.
 
Música y relajación:
 
Es sugerible música pausada, que incite a relajar el cuerpo; el niño se evade de la realidad y permite la interiorización de la música escuchada.
La presencia de una persona para ayudar al niño a relajarse y a controlar la respiración es indispensable, para "percibir las sensaciones del cuerpo" y "sentir que todas las partes del cuerpo tocan el suelo: los pies, las piernas, las nalgas, la espalda, los brazos, los hombros, el cuello, la cabeza". Si nos concentramos lo suficiente sobre nuestro cuerpo, tenemos la capacidad de darle órdenes: podemos llegar a descansar gratamente a voluntad, a "arrancarnos" de una actividad febril, o a quedarnos dormidos a pesar de nuestras preocupaciones. Los padres, para estar a su vez más calmados, podrían practicar la relajación; así podrían hacer que en su familia reinase una paz mayor, favorable a la expansión armoniosa de sus hijos y por consiguiente a una menor agresividad de los chicos. Una madre comentaba un día que no podía controlarse, que enseguida se ponía a gritar y a repartir cachetes a los hijos; 15 días después de iniciar el entrenamiento, su comportamiento ya había mejorado y la atmósfera familiar estaba más relajada.