Català | Castellano

Tel: 934 387 742

24/01/2012

LA RESPONSABILIDAD INFANTIL

 

responsabilidad niños

 

 CONSTRUIR LA RESPONSABILIDAD EN LOS NIÑOS ¿QUÉ ES LA RESPONSABILIDAD?


Cuando hablamos de responsabilidad lo hacemos como sinónimo de habilidad para responder y de la capacidad para decidir apropiadamente y con eficacia.

Decidir apropiadamente significa que el niño tome sus decisiones dentro de los límites de las normas sociales y de lo que se espera de él en cuanto a un comportamiento adecuado.
Para qué, pues para que la relación que mantenga con los demás sea positiva. Es importante, pues, que tome sus propias decisiones, pues de lo contrario no podrá actuar de forma responsable. Esa capacidad para adoptar decisiones eficaces varía con la edad, por supuesto, pero debemos darles las máximas oportunidades para que lo hagan lo antes posible. Para esto es importante que sea consciente, que se dé cuenta de que está adoptando decisiones y que se espera que lo haga. Y tomar decisiones es como resolver problemas, dificultades. Ante un problema lo que hacemos es analizarlo, valorarlo para poder saber qué hacer, vemos las posibles alternativas y escogemos la más adecuada, y esto mismo es lo que necesitan aprender y nosotros debemos enseñarles, que en casi cualquier situación que se les plantee hay una serie de alternativas y que elegirá una de ellas. La correcta será siempre la que satisfaga sus propias necesidades y también las necesidades de los demás.

¿Y LA IRRESPONSABILIDAD?

Podríamos decir que ser indeciso es una manera de ser irresponsable, en el sentido de que en esta postura de no escoger supondrá que los demás carguen con la responsabilidad de hacer la elección. Cuando un niño es muy pequeño es normal que esto suceda porque carecen de la experiencia y la información necesarias, pero una conducta indecisa continuada y repetida nos está indicando que el niño no está desarrollando su sentido de la responsabilidad.

Ejemplo: un niño se encuentra en casa aburrido y pregunta a sus padres: “¿qué puedo hacer?”. Los padres sugieren unas cuantas cosas y una por una el niño va rechazándolas, diciendo: “es que eso no es divertido”. Otra postura sería la del niño que hace caso de una de las sugerencias pero en seguida se cansa y vuelve a preguntar qué hacer de nuevo. Evidentemente los padres llegarán un momento en que también se cansarán de esta actitud. Lo que el niño está haciendo es hacer responsables a sus padres de su propio aburrimiento, cuando seguramente conoce perfectamente los recursos que existen en casa para no aburrirse, lo que realmente quiere, pero espera que decidan por él.

Cuando debemos tomar decisiones estamos expuestos a afrontar ciertos riesgos. En este sentido hay una relación estrecha entre esa capacidad para tomarlas y la autoestima: los niños con una autoestima elevada son capaces de afrontar los riesgos con mayor confianza. Si su autoestima es escasa los padres y también los maestros en la escuela a la que acude, deben estar atentos para reducir los riesgos, para que el niño pueda adoptar sus decisiones con mayor seguridad.

Ejemplos: si un niño muestra cierta tendencia a depositar en los demás la responsabilidad de decidir estaremos al tanto de no hacer preguntas muy generales con respecto a un tema, no preguntar ¿qué quieres hacer?, y sí ¿qué prefieres, A o B?; un maestro puede decirle: “haz todos los problemas que puedas”, o bien “haz tres de estos problemas”; una madre puede preguntar: ¿dónde prefieres sentarte? o bien decir “siéntate aquí, por favor”; una maestra puede decir: “si tienes alguna duda, pregúntame”, o bien “cuando hayas hecho dos problemas déjame que te los revise.

Con estas segundas respuestas más concretas lo que hacemos es disminuir los riesgos, y así reduciremos el hecho de que una dificultad que se presente resulte demasiado general y también ambigua. Le estamos dando la oportunidad de elegir, pero entre varias alternativas, lo que hará que se angustie menos y que tome sus decisiones con confianza.

 

¿CÓMO EVOLUCIONA EL SENTIDO DE LA RESPONSABILIDAD EN EL NIÑO?

Muchos padres preguntan: ¿Qué edad tiene que tener un niño para empezar a educar su sentido de la responsabilidad? Pues “lo más pronto posible”.

En cuanto un bebé empieza a gatear, a manipular objetos pequeños y a entender cosas sencillas del lenguaje hablado, ya aquí se le puede estimular para que, por ejemplo, recoja sus juguetes, para que se ocupe de su habitación, aunque por supuesto sea de forma superficial, con lo cual se ayuda a los padres, o también que trate bien, con cariño y delicadeza a los animales domésticos, puesto que el tener en cuenta a los demás es también importante para adquirir responsabilidades. A los niños les encanta mostrar sus habilidades haciendo cosas que después serán premiadas con elogios hacia ellos.

Por supuesto sabemos que a la edad de 2 ó 3 años no pueden realizar tareas como un niño de 6 ó 7, pero podemos utilizar nuestro ingenio para adaptarlo a sus capacidades. Por ejemplo: no podrá llevar la bolsa de la compra llena, evidentemente, pero se le puede apartar algo de muy poco peso en otra bolsa. Un niño de 7 años no sabrá fregar platos, pero ayudando a enjuagarlos, por ejemplo, aprenderá algunos trucos y será más divertido, ya que jugar con el agua siempre les gusta. En esta misma línea a menudo resulta agradable limpiar el coche, pero siempre que tengamos en cuenta que habrá más de juegos acuáticos que de limpieza en sí del coche.

Por tanto, es importante que se introduzca al niño en las tareas cotidianas, pues aprenderá que hay cosas que se realizan con cierta regularidad, como la limpieza, lavar los platos, sacar la basura, y que todos en casa participan de tales actividades, lo que hará que se dé un ambiente de colaboración y que él o ella esté incluido como uno más. Pero siempre haciéndolo divertido.

Así pues, los niños aprenden a hacerse cargo de sus responsabilidades si:
Saben cómo tomar decisiones, y sus decisiones acertadas se destacan y se premian con estímulos apropiados.
Padres y educadores son conscientes de las decisiones que toman los niños y se aseguran de que existen oportunidades para poder tomarlas. Los adultos crearán un clima que estimule la responsabilidad personal y que disminuya la culpabilidad, la indecisión y la inconsciencia. Padres y educadores eluden tomar las decisiones que los propios niños son capaces de tomar por sí solos. Tomar decisiones en lugar de los niños disminuye su capacidad para ser responsables.

Decidir con qué jugar en el baño, por ejemplo, o qué ropa quieren ponerse, o qué quieren de merienda, o qué libro quieren que se les lea, son todas cosas que están al alcance de sus capacidades. No necesitan controlarlo todo continuamente, pero si perciben que sus padres les dejan el control de algunas cosas su sentido de la propia valía y de su capacidad irá en aumento, y eso les ayudará a desarrollar su sentido de la responsabilidad.

 

¿POR QUÉ A VECES ES DIFÍCIL ENSEÑARLOS A SER RESPONSABLES?

Hay muchos factores que influyen y que hace que sea difícil, y uno de estos obstáculos es el sentimiento de culpabilidad de los padres. Todos han recibido de sus generaciones anteriores y también de los componentes de su generación los correspondientes mensajes sobre cómo “deberían” ser padres. Por otro lado los medios de comunicación ofrecen incansables consejos y todo ello hace que su comportamiento ante los hijos se vea influenciado en gran medida. Si un padre de alguna manera causa cierto sufrimiento o incomodidad a sus hijos experimentará remordimientos, puesto que no es agradable ver llorar, quejarse, enfadarse a los niños. Aquí ese padre comenzará a reflexionar sobre cómo manejar la situación para que no se vuelva a producir ese malestar. Muchas veces parece que ese sentimiento de culpabilidad queda de alguna manera enmascarado, ya que también es molesto que los demás lo descubran, y en este sentido puede transformarlo en cólera y descargarla sobre otra persona, que suele ser el otro miembro de la pareja, diciendo, por ejemplo: “si no hicieras eso, el niño se portaría bien”. Puede ocurrir que eche la culpa a las cosas o circunstancias que se escapan a su propio control: “es como la tía María, no podremos nunca con ella”. O adoptando una buena excusa como una dolencia que sobreviene como consecuencia porque adoptar un remedio causa ese malestar: “cada vez que discuto con él, me da dolor de cabeza; así que ya no discuto”. A veces se adopta toda la responsabilidad de algo que era competencia del hijo: “cuando le digo que haga algo, me monta tal número que prefiero hacerlo yo”. O puede recurrirse a explicaciones complicadas como: “me parece importante que sepa que la quiero, pero a lo mejor piensa lo contrario si me enfado con ella”.

Otra cosa que suele suceder es la dificultad de implantar castigos. Un padre puede sufrir cuando ve a su hijo mostrar infelicidad al ser castigado, con la idea implícita de que debemos hacer todo lo posible para que los niños sean felices. Pero también ese castigo a tiempo es beneficioso para él. En resumen, el sentimiento de culpabilidad hace que el adulto cambie lo establecido como norma en esa familia, que los límites propuestos, es decir, lo que el niño debe tener en cuenta y no sobrepasar, se deje hacer en ciertas ocasiones. Y esto da como resultado una incoherencia, que el niño percibe, y crean inseguridad, ya que con esta actitud los padres demuestran que están confusos, que no tienen confianza en lo que están haciendo, que no dominan la situación.

Un niño necesita observar que hay una serie de límites que se han de respetar y que si los sobrepasa debe actuar en consecuencia. El primer paso es anunciarle que ha cometido un error, y eso será un aviso, pero puede ocurrir que los avisos hayan sido repetidos en varias ocasiones y se haya cometido el mismo error de forma continuada. Es entonces cuando aparece la amenaza de castigo, que debe cumplirse si el niño vuelve a traspasar el límite, pues de lo contrario se creará un clima de incoherencia y ansiedad. Por ejemplo: “cuando acabes de jugar debes recoger tus cosas en su lugar correspondiente”. Si esta norma es saltada por el niño el padre o madre avisará de la infracción: “todos en esta casa recogemos las cosas una vez han sido utilizadas, esperamos que tú hagas lo mismo, puesto que son tuyas”. Pero en repetidas ocasiones se vuelve a cometer el mismo error, por lo que se impone una amenaza: “si no recoges tus cosas no te dejaremos ir a casa de Juan”. El niño no parece haberse dado cuenta de las consecuencias reales y no hace caso de la advertencia, y es entonces cuando se ha de implantar el castigo, haciendo realidad lo que se avisó sucedería, y de esta forma aprenderá que sus padres no hablan porque sí, sino que son coherentes con lo que dicen y hacen.

 

¿CÓMO PUEDO ENSEÑAR A MI HIJO A SER RESPONSABLE?

Aunque hemos visto lo difícil que puede llegar a ser, algunas pautas serían:

  • Hágale saber al niño, de palabra, mediante elogios, qué cosas ha hecho bien: “has recogido estupendamente tus cosas, muy bien”.
  • Proporcione al niño ese reconocimiento de forma espontánea, periódicamente, relacionándolo con los logros conseguidos: _ ¿Qué te parecería ir a comprar una golosina?, la verdad es que has hecho un buen trabajo recogiendo tu cuarto”.
  • Apoye al niño cuando lo necesite: “como me ayudaste ayer a limpiar el coche, si quieres puedo ayudarte yo ahora a hacer los deberes”.
  • Muestre interés por lo que hace el niño y anímele: “ya que tienes que ir a entrenar también, hoy me ocuparé yo de lavar los platos”.
  • Comparta con el niño algunas tareas de tanto en tanto, como reconocimiento a sus esfuerzos: “la verdad es que ayer dejaste tu habitación limpísima: ¿qué te parece si te ayudo hoy a limpiarla?”
  • Tener en cuenta que el sentido del tiempo de los niños es diferente del de los adultos, viven el momento presente, más que el pasado o el futuro, por lo que debemos ayudarlos a recordar para que asuman mejor sus responsabilidades futuras:
  • Escriba las cosas y colóquelas en lugar visible: se pueden poner en las habitaciones de los niños unos papeles pinchados en un corcho, por ejemplo.
  • No les recuerde las cosas una vez esté seguro de que le han escuchado y entendido: esto se convierte en una mala costumbre de la que dependerán.
  • Establezca costumbres lo más regulares posible: si ciertas cosas ocurren de forma predecible y regular, se incrementará la capacidad de recordar.
  • No le dé miedo castigar al niño que se “olvida”. Esto puede hacer que aumente su memoria.
  • Acuérdese de lo que usted ha dicho: si lo  olvidan parece que le dan permiso al niño para hacer lo mismo. No se olvide de las promesas.

A todos los niños les hace falta responsabilizarse de algo en su hogar. Los padres organizarán las cosas para distribuir las tareas de mantenimiento y control de la vida doméstica de modo que los niños tengan algunas obligaciones que les ayuden a desarrollar su sentido de la responsabilidad.

Los niños necesitan cierto equilibrio entre trabajo y juego. Precisan tiempo para ser responsables ante los padres, ante ellos mismos y ante sus propias actividades: el equilibrio entre estos tres factores debe variar en la medida en que el niño crece y se desarrolla.

La complejidad de las tareas y los niveles de exigencia que se esperan del niño variarán según los momentos. Habrá períodos del desarrollo del niño durante los que sus necesidades personales tendrán preferencia sobre las necesidades domésticas. Si desarrolla actividades importantes fuera del hogar, habrá que reajustar sus responsabilidades domésticas. Pero no puede quedar totalmente exento de ellas, lo más saludable es un cierto equilibrio entre actividades externas e internas.

Los padres necesitan definir lo que se espera que los niños hagan en el hogar de modo que empleen un tiempo razonable. Si se hacen bien, dos o tres tareas diarias no suponen más que diez o veinte minutos, cosa que no es una exigencia excesiva. Otras que requieran más tiempo pueden convenirse de forma ocasional.

La organización del tiempo, tanto dentro como fuera de casa, aumentará la capacidad del niño para realizar bien sus tareas. Si cuando hay que hacer las cosas se aclaran cuáles son las obligaciones y el tiempo que hay que destinar a cada una de ellas, el niño podrá ser capaz de organizar su tiempo para reducir al mínimo los posibles conflictos entre las tareas domésticas y sus propias actividades.

Desarrolle la sensación de poder del niño. Para ello es importante que los padres proporcionen los recursos adecuados para desarrollar las habilidades, los conocimientos y los valores que necesitan como personas en desarrollo. Deben disponer de juegos, libros, juguetes, papel para dibujar, animales de trapo y otros objetos. Tener estas cosas permite al niño aprender a cuidar los objetos que valora y así empezar a cuidar también los objetos que valoran los demás. Pero también es importante asegurarse de que son capaces de llevar a cabo ciertas responsabilidades, que tienen las habilidades físicas necesarias para realizarlas, entender también por qué deben hacerlas y cuáles son las consecuencias que se derivan de hacerlas a medias. Si se cumplen estas condiciones su capacidad para hacer cosas con un grado elevado de competencia aumentará.

Resumiendo, los niños que pueden actuar de forma responsable tienen mayor confianza en sí mismos, saben cómo manejarse y cómo obtener premios y elogios: y todo ello incrementa su autoestima.